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Facundo Correa - Defendiendo una tesis moral contraintuitiva

La filosofía antigua nos ofrece muchas tesis que, al menos, vistas en primera instancia, pueden ser difíciles de aceptar. Una de estas, aparece en los primeros diálogos platónicos y se injerta en discusiones referidas al motivacionalismo moral. Esta postura contraintuituva, se puede resumir en una frase de Sócrates del Protágoras (345d): “nadie hace mal voluntariamente”. Es decir, que nadie hace el mal porque quiera hacerlo. Recuerdo la primera vez que leí este pasaje. No hacía mucho que una vecina, sin ninguna razón aparente más que, justamente, hacer el mal, me había puesto algún tipo de polvillo que me mató una de mis plantas favoritas. Naturalmente, relacionando un hecho con el pasaje, pensé: qué boludez, mirá nomás esta vieja de mierda. Y, con esa sabiduría criolla, desestimé la tesis antes dicha.

Pero luego, sucedió una de las cosas más significativas de mi vida: el estudio del griego clásico. Con esto a cuestas, pude retornar al pasaje, pero esta vez en su lengua original. Allí vi que la palabra que el traductor vertió al español como “mal”, era la palabra griega hamartía, cuyo significado clásico (incluso en algunos textos del Nuevo Testamento) antes que “mal” o “pecado” es “error”. De esa manera, ya podemos ver que lo que Sócrates quiere decir es que, a la hora de tomar decisiones morales, nadie comete un error voluntariamente. 

Pero ¿qué quiere decir “cometer un error” en moral? Uno puede pensar que, a la hora de emprender acciones morales, están en juego mecanismos distintos que a la hora de resolver un problema matemático, en donde sí se puede hablar de errores. Esto, sin embargo, se puede entender si uno se remite a otro diálogo platónico: Gorgias. Allí, en 467c-468e, Sócrates dirá que siempre que se emprende una acción, lo hacemos no por la acción en sí misma, sino por aquello por lo cual pensamos que emprendemos la acción. Por ejemplo, cuando yo me levanto en la madrugada a comerme la última empanada, no lo hago porque quiera comerme esa empanada, sino por el placer que yo creo que me generará el comerla.  Es decir, lo que está detrás del hacer algo, es una creencia y, como sabemos, en el ámbito de las creencias sí se pueden generar errores. A su vez, del ejemplo dado, se puede ver que lo que se cree a la hora de emprender una acción no es cualquier cosa, sino que es algo que pensamos que es un bien para nosotros, como es el placer de comer. De esta manera, el error moral se debe entender no sólo el tener como verdadera una creencia falsa, como puede ser pensar que Bob Dylan se merecía el Nobel, sino que este surge cuando la creencia tiene que ver con un relativo bien que iba a surgir de la acción, como cuando en vez de que la empanada me produzca placer, que es un relativo bien, me produce una gran acidez. 

Así, pude entender el razonamiento de mi vecina: voy a matarle la planta, porque creo que el placer es el mayor bien, y me produce un gran placer el dolor ajeno. Es decir, ella no es una vieja de mierda por querer hacer el mal, sino que es una vieja de mierda, por pensar egoístamente que el bien es su propio placer a cualquier costa. Es decir, ella no es mala, sino idiota o, como diría Sócrates, ignorante de lo que es el bien.

De esta forma, entender que la motivación de nuestros actos morales se basa en ciertas creencias que tenemos, puede ayudarnos a reflexionar sobre lo que creemos o dejamos de creer. Cuando cometo un acto moralmente reprensible, puedo evitar caer en la llamada “irresponsabilidad del hippie”, que consiste en pensar que hice tal cosa “porque lo sentí así”, dejando de lado la responsabilidad que cae sobre mí; y, en cambio, tomar el camino de volverme consciente de las creencias que llevaron al acto cometido y reflexionar sobre las mismas y, eventualmente, modificarlas en búsqueda de volverme en ese ideal a veces tan dejado de lado: una buena persona.